Ya van dos ferias y un verano.

Era al aterdecer. El sonido de la noria traspasaba su ventana, haciéndole recordar lo que podría ser y no fué. Por las noches ya empezaba a resfrescar, y le apetecía acurrucarse con aquella blanca manta que hace años le regalaron, pero seguía siendo la más suave, la que le hacía sentir protegida. Su madre llegó, se había acercado hasta la feria para comprar chocolate caliente y esas papas que todos los chavales hacían cola para comprarse una, cómo si ese básico alimento fuera un lujo que sólo se podían permitir en las grandes ocasiones.
Cenaron en su casa, la papa caliente, los churros y el chocolate. De esta forma parecía que ella habia formado parte de ese ritual que cada 6 meses se producía en su pueblo, donde los habitantes lucian sus mejores galas para pasear por un recinto lleno de luces, musica pegadiza, puestos de turrones, de pollos asados, de columpios, y ya con la modernidad, una superdiscoteca desmontable con invitados famosos, de esos que se hacen famosos por nada, por contar sus vidas o las de los demas, por buscar novia en la tele o hacer que la buscan.
Los jóvenes ya no tienen que ir a escuchar música de que les recuerda a sus padres sus mejores momentos, ya no. La última tecnología, diseño, y el famoso de turno les esperan para pasar días y noches de baile y botellón.
A ella nunca le habían gustado las ferias, ni la semana santa, ni nada de lo que olía a tradición, a costumbres, a hoy hay que arreglarse. Esas normas, los días que hay que salir o no, o cuando hay que comprarse ropa nueva, nunca fueron con ella. Y ahora menos, ahora le da igual. Ya nada le importa.
Antes sufría porque se sentía sola entre tanta alegría, ahora no ve la alegría, no la mira, no la siente, huye. Huye de todo y huye de ella misma. Pero esta vez no sufrió por séntire sola, esta vez, estar sola era su única opción. Su mente no le permitía otra cosa, así que las luces y la música se quedaron cómo un póster de fondo pegado en los cristales de las ventanas. Esta vez pasó, cómo los últimos días, los últimos meses, sola, evitando pensar, evitando sentir, evitando salir, pero con una ventana abierta al mundo en sus manos a través de eso llamado red. También ahí escogia sólo mirar aquello que jamás pudiera hacerle soñar. Alejarse de lo humano y de lo divino la estaban haciendo precisamente más humana, o menos, no sé, pero si valoraba como un preciado tesoro el silencio, la tranquilidad.  Ya no corría, le daba igual si llegaba tarde, si perdía el autobús, ya no corre porque nada es tan importante cómo para hacerlo.
Pasó otra feria, ya van dos desde que ella se rompió, la anterior  la pasó llorando cómo hacía cada día y durmiendo para dejar de llorar; ésta la ha pasado leyendo, estudiando, algún pequeño  paseo y todo con  la continua compañía de su perro, Kira.
Pasó otra feria, otra estación, y ella sigue sin saber por donde empezar a buscarse o si mejor se deja perder totalmente, este camino le atrae más. Estar loca, ¿y qué?. Ya nada tiene sentido y así al menos habrá una justificación para sus actos.

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