Maletas, maleteros y coches, Granada se va quedando vacía,
asientos libres en las terrazas y bancos libres en los jardines.
Chanclas, pantalones cortos e ilusiones en la mirada,
nuevos destinos, planes, y algúnka que otra mirada de decepción.

Granada está distinta y aunque desde aquí no puedo oler la sal del mar
y no puedo ver su color azul, lo intuyo.
Lo intuyo mirando a los ojos de la gente.
Y en mí, en mí también hay algo de mar, los remolinos,
las tormentas de alta mar que hacen temblar a los barcos,
y algún que otro tronco que se hunde hasta el fondo del mar
formando ya parte del para el resto de la vida

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